Espiritualidad

Los pobres y los ricos.

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Por Daniel do Campo Spada.

pobreza_04.jpg“Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico… El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.” (San Lucas 16, 19-22)

La que acabamos de transcribir es apenas una de las citas en las que Jesús hace una marcada referencia a su opción por los pobres, los desposeídos, los solos. Ello está en la esencia del cristianismo, donde el propio Mesías nació, se crió y caminó en hogares pobres, lejos de los palacios y los poderosos. Comió en las casas marginales y anduvo en medio del pueblo. Como enseñanza queda de lo más clara.
A cotidiano vemos que los medios de comunicación poderosos hacen una construcción cultural en la que los valores pasan por el esnobismo y la figuración. Vedettes o futbolistas que adquieren la máxima notoriedad son apenas el emergente de una sociedad que ubica mejor en sus preferencias a los que pueden mostrar poderío económico contra los que pueden estar orgullosos de ser personas enteras y nobles, más allá de si son creyentes o no.
Un funcionario de banco me dijo en una oportunidad que la pobreza es un gran negocio, ya que lo poco que ganan lo gastan y porque es mucho el dinero que se usa en diagnósticos y planes o programas que diseñan los mismos que en otra oportunidad movieron las fichas para generar precisamente eso: pobreza.
La Constitución Dogmática “Lumen Gentium”, integrante de los documentos del Vaticano II, dice en su parágrafo 8 “…mas como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecusión, así la Iglesia está destinada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación”. En algunas Iglesias de nuestro continente lamentablemente la historia parece hablar de otra orientación. Claro que como un cuerpo, la Iglesia tiene muchas partes y no necesariamente todas están enfermas, pero sin duda alguna nuestro espíritu colectivo se debe someter a una terapia. La oración y el pedido firme de que Dios Todopoderoso se haga presente en los corazones de los hermanos que tienen la responsabilidad de conducir es el camino inicial, que debe, por supuesto, estar acompañado por la valentía de los cristianos. No debemos olvidar nuestros orígenes ligados a la pobreza, a la persecusión, a la incomprensión y nuestro destino peregrino en este mundo.

Daniel do Campo Spada. Junio 2008.

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La utilidad de los Monasterios.

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Por Daniel do Campo Spada

Quien me diera alas de paloma para volar y descansar!
Entonces huiría muy lejos, habitaría en el desierto.
Me apuraría a encontrar un refugio contra el viento arrasador y la borrasca.
(Salmo 54)
Monasterio

En otra nota hablábamos de la importancia de la oración y los espacios para lograrlo. La primera reflexión que a cualquier individuo contemporáneo nos viene a la mente es sobre lo difícil que ello parece en una vida saturada de medios de comunicación que hacen imposible que el humano esté solo. Si consideramos que en algún momento la propia India era la nación más poblada ¡con apenas cinco millones de personas!, lo que hoy es la población de Uruguay, vemos que el mundo está aparentemente lleno.
Seis mil millones de personas dan la sensación de que no hay espacio. Esto es a todas luces falso, porque al mismo tiempo durante el 2007 fue la primera vez que existe más gente viviendo gente en las ciudades que en el campo, los espacios cubiertos en superficie (tomados en km2) no crecen en forma paralela. Sin embargo, un mundo desigual en el acceso, que ha llegado a la locura que en lo que es la casa de todos (el planeta) algunos se tengan que sentir excluídos por el único pecado de no tener dinero, nos ha llevado a que ocupar un espacio es un esfuerzo que a veces nos lleva toda la vida. En otras ocasiones no alcanza ni para pagar donde depositar los últimos restos mortales.
Las viviendas de la mayoría de la población de sociedades desiguales (en Brasil, el 75 % de la renta es propiedad del 10 % de los habitantes) presentan cada vez más hacinamiento. Los humanos no disponemos en la mayoría de los casos del mínimo espacio vital para estar “solos”. Muchos estudios psicológicos son testigos de que ello es uno de los componentes de una psiquis humana que se enferma en un hábitat también enfermo. La sensación de agobio que la supuesta superpoblación de un mundo hostil sufre en nuestros días debe ser sorteada de alguna forma.
La necesidad de aislamiento, sin embargo, tiene tantos años como la humanidad civilizada. Los primeros cristianos se salían de las ciudades y allí quedaban en estado contemplativo. Hoy, eso es más difícil porque cualquiera espacio tiene un “dueño”. De todas formas, desde San Antonio (251-356), comenzó un movimiento de hombres que querían vivir esa experiencia. Luego San Benito (480-547) impuso las reglas necesarias (conocidas como las Reglas de San Benito) para que esa vida pueda ser organizada y logre sobrevivir como entidad y como experiencia espiritual. Aunque atraviezan serias dificultades de sostenimiento (al igual que el resto de las instituciones de la Iglesia Católica), los monjes sostienen en todo el mundo los monasterios, un espacio ideal para permanecer al menos algunos días en oración. Para los laicos no dejan estar más de una semana (en algunos casos son hasta cinco días), pero es una vivencia que merece vivirse. Un rato al costado de un mundo que corre desenfrenadamente a ningún lado, no solo es una oportunidad de encontrarnos con nosotros, sino una magnífica ocasión de escuchar a Dios.

18 de Mayo, 2008.

¿En qué mundo vivimos?

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Por Daniel do Campo Spada.En que mundo vivimos

En una de sus misas al frente de la parroquia San José de los Obreros de la localidad bonaerense de Gerli, el Padre Jorge (aunque él no lo sepa el responsable de mi regreso a la Iglesia) dijo: “Si les pregunto quién cree que en el cielo vamos a tener una vida mejor, todos levantan la mano. Pero si yo les pregunto quién se quiere ir primero, nadie levanta la mano ¿no?”. Ese interrogante quedó rebotando en mis pensamientos muchísimo tiempo. ¿Realmente no me iría? El transcurrir de los años despiertan en muchos (entre los que estoy incluído) el sentimiento propio de la condición de peregrinos.
Peregrino es aquel que camina, que anda, hacia algún lugar. En nuestro caso ello es la Casa del Padre, donde Dios nos prepara una alborada para cada uno. De esto toman consciencia quienes saben disfrutar de su vejez, viviéndola como el que ya ha hecho la tarea. Una alumna, en una oportunidad me dijo que ella no quería saber nada con morirse. Como ejemplo de emergencia se me ocurrió una extrapolación. “¿Cuándo estás más contenta? ¿Cuando empezás una tarea difícil o cuando la terminás?”, le dije. La respuesta fué obvia. “Cuando termino soy más feliz”. Eso es la vida, en definitiva. Una tarea difícil.
Aferrarse a esta vida en exceso es apostar a un activo inestable e imprevisible. “Vivimos así, tiroreados entre el proyecto de Jesús, de entrega y servicio, y el proyecto del mundo, de sometimiento y dominación.” (La liturgia cotidiana. Buenos Aires. Ediciones San Pablo. Mayo 2008, Ciclo A, N° 105. Pág 69).
Muertes, injusticias, malestares varios, enfermedades, traiciones… ¿Qué nos hace adorar a un espacio en el que el Príncipe es el mismísimo Diablo? Repasemos un poco el lugar en el que estamos. La humanidad se debate ante una crisis alimentaria perversa. A pesar de que somos 6 mil millones de habitantes, mal distribuidos y hacinados, hay capacidad técnica de producir alimentos para el doble de personas. Entonces ¿cómo justificamos que la tercera parte de la humanidad se muera de hambre? ¿Puedo, no ya desde la fé sino de la más mínima ética anteponer problemas comerciales al derecho a comer? Argentina produce y exporta alimentos como nunca en su vida, aunque está al borde dejar a su población desbastecida. El lucro por el lucro mismo, ha hecho que fabriquemos alimentos de forraje para los animales del primer mundo. Dicho de otra forma. La producción de países pobres está destinada no a su gente sino a engordar los animales de los países ricos. Para peor, lo que quedaría, está destinado a los agrocombustibles de los coches de las sociedades ricas. Millones de personas se morirán de hambre en los próximos años para que unos pocos en la otra punta del mundo coman abundantemente y disfruten de niveles de confort obstentosos.
Seguimos con otra imagen tristemente cotidiana en nuestra América Latina. Familias completas son desplazadas por policías armados y encapuchados porque algo tan artificial como el poseer dinero (auténtico dios pagano) determina un derecho humano básico. En Europa, donde reina la xenofobia Italia expulsa a los inmigrantes con un trato peor que el que se le da a un animal, por el solo hecho de “ser inmigrantes ilegales”. Incluso, desde la llegada del magnate Silvio Berlusconi se ha legislado para dejar en prisión desde seis meses a seis años a los que sean sorprendidos en flagrante infracción de “extranjeridad”. El inmigrante es alguien que huye de la pobreza. ¿Puede ser culpable de ser pobre alguien? ¿Si no tenemos dinero podemos ser considerados una escoria? ¿Podemos los cristianos aceptar pasivamente esto sabiendo que está fuera de toda lógica humana?
Nuestra condición de seres históricos que el Padre ha dispuesto nos obliga a tomar partido. Claro, mientras estemos aquí.

Mayo 2008

Los espacios para la oración

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Reflexión sobre la oración.

Por Daniel do Campo Spada.

La javascript:void()oración es una herramienta poderosísima que Jesús nos ha dejado. Aunque proviene de tiempos inmemoriales, algo tan extendido incluso a todas las religiones solo puede provenir de Dios. Sin embargo, el hijo del Hombre nos ha dejado sutiles enseñanzas que se hacen dificiles de cumplir en la actual vida moderna. La aceleración y el “lleno” de todos los espacios físicos nos complica encontrar ese monte en el cual podamos recluirnos.
La vida cotidiana y los denominados valores modernos no permiten que el cristiano “se aparte” para entrar en contacto íntimo con el Padre. Casi no quedan espacios públicos en las grandes ciudades que se puedan usar con recato. En las casas, invadidas por los medios audioviduales o de reproducción electrónica se han encargado de llenar los espacios.
¿Cómo orar?
El silencio es un bien tan preciado como escaso, pero bien puede ser el lugar en el cual nos refugiemos aunque en el exterior de nuestro cuerpo estén los ruidos de la calle, de los otros hermanos o de los elementos que dicen hacer mejor nuestra vida.
Cuando no era mala palabra ser creyente y practicante, los hogares tenían un pequeño “altarcito”, que desde la pequeñez que ello implica permitía el espacio para orar. Otro de los problemas cotidianos es el tiempo. Tiempo y espacio. Preciados tesoros.
Adherimos a la frase publicada en el Rosario de la Sanación de Gustavo Jamut (Buenos Aires, Ediciones San Pablo, 2005, Pág 12) que en el comentario al cuarto misterio luminoso agrega:
“…Te pedimos Señor, que así como llamabas con frecuencia a tus discípulos, a ir a un lugar apartado para orar al Padre, también suscites en cada uno de nosotros el anhelo de crear cada día momentos de desierto para contemplar tu rostro”.
Aún en una gran urbe como Buenos Aires siempre hay un espacio donde esconderse. En la Capital argentina recomiendo la Autopista Richieri, rumbo al Aeropuerto de Ezeiza, se puede llegar también en colectivo. Un árbol y unos metros a la redonda con tranquilidad pueden ser suficientes. Y si no es posible, por lo menos con silencio, llegar a Jesús. Recordemos que Él nos dijo que estará con nosotros hasta el fin de los días. (Mateo 18, 16-20).

Mayo 2008-05-06
TECUM – NOVO MundusNET
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